lunes, 21 de septiembre de 2015

Δημήτηρ

Después de un par de semanas instalada en el pueblo, esta vez sin fecha concreta de salida, puedo decir que vivir aquí no está nada mal. Tenemos nuestra habitación, con el ordenador de sobremesa de Γιώργος, una cocina donde nos hacemos el desayuno, un porche delantero donde nos lo tomamos, y un salón con sofáses para leer tranquilamente. Para comer, socializar con la familia y hasta leer, subimos al piso de arriba, un agregado de la casa original donde viven el tío Βασίλης, la tía Χαρούλα y los tres primos: Γιώργος (sí, otro), Φανή y Άννα. La tía Χαρούλα es una excelente cocinera, como toda madre griega (¡pero ella más!), así que cada mediodía y cada noche ahí nos tienes a todos sentaditos a la mesa para degustar el manjar de turno.

Y eso hacemos durante el día: desayunar, leer, comer, leer, cenar, leer y dormir. Γιώργος a veces también se sienta al ordenador. Yo también, pero menos. Da gusto poder abrir la ventana, tanto para leer como para dormir, y no escuchar naaada. Ni un ruido. Da gusto salir a la gran terraza del piso de arriba y contemplar el Olimpo, los montes de Piería, Caterini, el mar y hasta Salónica, a lo lejos. En el patio de la parte de atrás hay un huertecillo donde la tía Χαρούλα tiene lechugas, tomates, pimientos, perejil (que aquí no lo regalan), un granado y unas cuantas plantas más que no sé qué dan; serán de invierno, porque ahora no tienen frutos.

Para comprar, lo único que hay en el pueblo es un minimarket, como lo llaman, y una farmacia (¡estamos en Grecia, la farmacia que no falte!). Si quieres comprar algo un poco más especializado o el minimarket está cerrado, tienes que coger el coche o el bus e ir a Caterini. Hay además una guardería y un colegio de primaria; después, igual: a Caterini. Y, por supuesto, una iglesia. La verdad es que, para ser un pueblo tan pequeñito, está bastante bien; en España no esperas que pongan un colegio para un par de niños, ni una tiendecita tan completa, ni un bus de línea que lleve a la ciudad; a veces incluso las compañías de internet no llegan a los municipios muy pequeños. Y sin embargo Nueva Trebisonda tiene todo esto. La prima pequeña, Άννα, que ya está en bachillerato, va y viene de su instituto de Caterini en el bus de línea.

Por cierto, cuando llegué me encontré la lavadora viajera instalada y me alegró comprobar que funcionaba como siempre. Más que nada porque me da mucha pereza ponerme a trastear los botones de una máquina nueva para ver cómo funciona. Verás cuando me mude a Salónica.

A veces vamos de excursión a Caterini: al mercadillo de los sábados, a hacer la compra de la semana en el supermercado, o simplemente para dar una vuelta y regresar durante unas horas a la civilización.

Esto nos encontramos el otro día al salir al porche a desayunar. Es el único que mola de todos los bichos que deciden visitarnos, y yo nunca había visto tanta variedad junta: moscas, mosquitos, ciempiés (que en griego se llaman 'cuarentapiés'), milpiés (los que más abundan), escarabajos, avispas, grillos, arañas, ranas, ¡ranas! El otro día cuando entré en casa había una rana grandecita que estaba justo en el umbral, como esperando para entrar, no la vi y le di una patada al abrir la puerta.

Qué miedo: cuando me puse en el otro lado para hacerle la foto giró la cabeza lentamente y me miró.

Los vecinos de enfrente son gallos, gallinas y gansos. Los gallos cantan a todas horas,
no solamente al amanecer, y uno de ellos parece que está afónico porque suena como si le costara trabajo.

Zeus, el perro de un vecino, que se pone a ladrar furioso
cada vez que alguien pasa mínimamente cerca del Olimpo su casa.

La calle principal de Nueva Trebisonda, desde la que se ve el mar.
También se divisa Salónica, que quedaría muy a la izquierda en la foto, desde los primeros pisos de las casas.

No podía faltar lugar griego sin perros callejeros, aunque esta, su hermana y su madre son del pueblo,
de todos y de nadie, no callejeros, sucios ni ninguna otra connotación negativa. Lo único que tienen de sucio
es por tumbarse en medio de la carretera, por la que pasan coches, pocos, pero ensucian.
A esta últimamente le ha dado por echarse delante de casa, junto al coche del tío Βασίλης.

Mi nueva amiga, una gata de ojos preciosos que me espera tras la puerta del porche
no ya cuando salgo, sino cuando oye que estoy en la cocina.



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