domingo, 20 de marzo de 2016

Παλλάς


Gijón es una ciudad muy bonita. Pequeña pero viva, que es la combinación que me encanta. Y tiene una biblioteca riquísima: literatura de un montón de países, tanto traducida como en la lengua original, por insignificante que sea, incluyendo una vasta colección de literatura griega en griego y en español. Precisamente esta biblioteca (y unas cuantas librerías de las que aman los libros) nos permite hacernos una idea de cuán cultural es la vida en Gijón, y puedo asegurar que no paran quietos.

El encuentro de ACE Traductores tampoco decepcionó: conocí un montón de gente, vi de nuevo a antiguos conocidos y todos aprendimos sobre la traducción literaria y editorial. Entre los antiguos conocidos estaban, además de Vicente y Esther, una de las syldavas, dos de los traductores del taller de Rodas. Una de las ponencias la dio el gran Miguel Sáenz, renombrado académico y traductor del inglés y el alemán; y también conocimos a la traductora de Juego de Tronos, que con su charla nos demostró lo que yo expresé así: Cristina Macía no es una traductora literaria, es una traductora friki.


La primera noche, en la cena (después de gritar de emoción en medio de la sala al ver aparecer las tortillas de patatas; ¡dos años, ¡dos!, llevaba sin comerme una!), pude coger por banda a Vicente (conoce a todo el mundo y casi hay que echar una solicitud para hablar con él) y decirle lo que tenía pensado desde hace un año: «¡No me mandéis más con el Olalla!». El pobre dejó escapar una sonrisa y me dijo con la mirada que qué le vamos a hacer. Y hay más: como yo había sacado el tema del curso, me dice: «Por cierto, ¿qué es de Juan, que hace meses que no sé nada de él?» «¿No te ha escrito ni él ni Valtinós ni nadie de la Fundación?» «Qué va, creo que la última vez que tuve noticias de él fue cuando me escribió para preguntarme por las revistas literarias» (traducción: cuando le escribió para que le hiciera el ejercicio que nos había mandado una profesora). «Pues yo sí sé algo de él, si quieres te cuento». «Cuéntame, cuéntame». Y se lo largué todo. Y se quedó con la boca abierta. Y estuvimos de acuerdo en que es un feo tan gordo que hasta puede afectar a las futuras recomendaciones que les haga Vicente, porque cómo van a fiarse. Recordé cuando alguien (otro de los de Rodas) me comentó en verano que igual Vicente no lo sabía aún. Pues no.
Souvenirs de Gijón

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