martes, 29 de marzo de 2016

Τηθύς

Este fin de semana Roberto y yo hemos ido a Serbia. La razón de tan repentino viaje es simplemente que él quería ir a Suecia para encontrarse con Manu y encontró un buen vuelo desde Belgrado, así que decidió aprovechar y ver la ciudad, donde tiene además una conocida, y me dijo que lo acompañara. Como era totalmente low-cost, la ida y mi (mía solo porque Roberto iría a Suecia desde allí) vuelta era en autobús: la ida fue toda la noche, de 20:00 a 7:00 aprox., y la vuelta media tarde y media noche: de 17:00 a 4:00 o así. Ambos trayectos se alargaron, diría bastante, porque incluían una parada doble en cada una de las dos fronteras que atravesábamos, y, sobre todo en la de ARYM, nos tuvieron un rato bastante largo esperando mientras comprobaban los pasaportes y el equipaje.

Nos quedamos en una habitación alquilada a una pareja local mediante Airbnb. Era bastante cómoda, aunque quizá demasiado pequeña incluso para el par de días que nos quedamos. Y estaba cerca del centro, así que ni tuvimos que preocuparnos del transporte público ni anduvimos enormes distancias.

Belgrado es una ciudad muy bonita donde coexisten elementos balcánicos (en común con Grecia), [yugo]eslavos (en común con Bulgaria, ARYM...) y austrohúngaros (más [centro]europeos). Tiene algo más de un millón de habitantes y está situada en la confluencia del río Danubio con su afluente Sava.


Entrada a la fortaleza (ahora parque) de Kalemegdan, construida por los celtas
y reconstruida por los romanos, los bizantinos (Justiniano I), los serbios y los otomanos
y deteriorada durante las dos Guerras Mundiales.
«Kalemegdan» significa en turco 'fortaleza del campo de batalla'.
Monumento a «El Vencedor» que conmemora la victoria serbia contra los imperios otomano y austrohúngaro
en las Guerras Balcánicas y la Primera Guerra Mundial.

Plaza de la República

Catedral de San Sava, fundador de la Iglesia Ortodoxa Serbia,
el templo ortodoxo más grande de Europa.

La céntrica calle peatonal Knez Mijailova, o del Príncipe Miguel.

Nos acercamos a esta cafetería por el nombre y nos quedamos al ver que tenían mantas en las mesas de la terraza para resguardarse del frío de marzo. A priori es simplemente un detalle simpático, pero si lo piensas  resulta una muy inteligente alternativa a las estufas de butano que ponen en España o Grecia.


Crepes salados y dulce

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