martes, 17 de febrero de 2015

Απόλλων

A la última clase de Teoría de la Traducción vino un traductor e intérprete amigo de la profesora, que había hecho una pequeña investigación sobre las notas de los traductores y nos habló del tema. Ciertamente, se trata de un elemento importante en una traducción, puesto que se trata de acercar una cultura a un lector ajeno a ella. Este traductor, reflexionando sobre ello, decidió realizar un recuento de notas del traductor en un número determinado de libros (literatura, no técnicos) traducidos al griego, en base a los criterios de notas a pie de página, notas finales y ausencia de notas. Por supuesto, como nos dijo al introducirnos el tema, hay otras dos formas de introducir explicaciones para el lector de la cultura meta: la primera es redactar un prólogo a la edición traducida y la segunda consiste en añadir aposiciones o paréntesis dentro del mismo texto, si se trata de algo de fácil explicación, para no interrumpir la lectura.

La charla resultó muy interesante, sobre todo para mis compañeros, que son todos filólogos de formación y nunca se han enfrentado a este asunto; pero también para mí, pues en la carrera no me habían hablado específicamente de ello. Además, nos dijo que si nos interesaba el tema podíamos escribirle para que nos enviase el trabajo entero, con todos los ejemplos y datos. Muy amable.

Cuando acabó la clase, le comenté (porque creía recordarlo) que en otoño había asistido a una conferencia de una española que habló sobre física cuántica (hablé de ello en Ουρανία), y me dijo que, en efecto, él había sido el intérprete; añadió que no suele hacer muchas interpretaciones, que lo hace más que nada porque pagan bien y que prefiere traducir (sus lenguas de trabajo, nos dijo, son el español y el portugués, principalmente).

Por cierto, cuando nos presentamos todos y le dijimos nuestras ciudades de origen, a mí me preguntó si había estudiado con Vicente y compañía. Traía un ejemplar de Traducir al otro, traducir a Grecia, editado por Ιωάννα. Así da gusto.

Καλλιόπη

En un mes hemos ido a dos conciertos: el primero fue el del grupo sueco de power metal Sabaton, cuyas letras hablan de guerras y batallas épicas, como la del Día D en Normandía:



Otra de sus canciones, como descubrí por casualidad buscando por YouTube, es una versión de la conocida «In the Army Now» de Status Quo que tanto sonaba en los años ochenta:


El segundo concierto al que fuimos (porque al salir del primero vimos el cartel en la entrada de la sala de conciertos) es el del grupo suizo de folk metal Eluveitie. Dos de sus canciones más conocidas son «Inis Mona» y «A rose for Epona»:





También me gusta mucho una canción de su último disco (Origins), «The Call of the Mountains», que grabaron en inglés, francés, italiano, alemán de Suiza y romanche:


martes, 10 de febrero de 2015

Αιών

Parecidos razonables de griegos y españoles I y II:

El otro día cayó en mis manos un libro del escritor del siglo XIX Emanuil Roídis, en cuya portada aparece una fotografía suya. Enseguida pensé: «¡Se parece muchísimo a Bécquer!». Juzguen ustedes mismos:

Roídis en la portada del libro y Gustavo Adolfo Bécquer.

Parte de la curiosidad radica también en que ambos nacieron en 1836. La fecha de la muerte, sin embargo, no coincide, pues Bécquer murió muy joven, en 1870, mientras que Roídis falleció en 1904. Pero resulta que esto no es todo: unos días después, buscando unos datos sobre Unamuno, vi su fotografía y no pude evitar pensar en el gran parecido que mantenía con Elefcerios Veniselos, el conocido y adorado político griego que fue Primer Ministro varias veces durante el primer tercio del siglo XX:

Miguel de Unamuno y Elefcerios Veniselos.

Aquí la cosa es aún más inquietante: Unamuno vivió entre 1864 y 1936, y Veniselos ¡también! ¿Qué está pasando?
Sí, claramente no hay ningún misterio, a misma época, misma estética, pero la primera impresión es pensar que hay algo raro... y la verdad es que se parecen bastante.


Actualización: Me acaban de decir en Twitter que Veniselos se parece también a L. L. Zamenhof, médico polaco e inventor del esperanto. En este caso las fechas no coinciden (1859-1917), pero sigue habiendo un gran parecido:

Elefcerios Veniselos y L. L. Zamenhof.

Τυφωεύς

Cada vez me decepciona más el embajador de la Grecidad; él y su diccionario: si bien lo sigo considerando una de las herramientas imprescindibles para el traductor de griego (sin dejar de lado el diccionario monolingüe de Babiniotis; ¡eso nunca!), la verdad es que cuanto más griego aprendo, más fallos y carencias le encuentro. Ya desde el principio me di cuenta de que había bastantes erratas, como falta de tildes, metátesis o faltas de concordancia en las frases ejemplo (además de unos cuantos localismos, es decir, asturianismos), pero últimamente no hago más que ver que faltan acepciones o que algunas de ellas no son del todo correctas. Dos ejemplos:

Hace poco, traduciendo, me salió la expresión «ισόβια κάθειρξη». Por el contexto, y por el adjetivo, imaginé su significado, pero lo busqué por si era algún tipo específico de condena o algo, nunca se sabe. Busqué primero el adjetivo, «ισόβιος», y después de la traducción al español aparecían dos expresiones; «ισόβια κάθειρξη: condena a perpetuidad. Ισόβια δεσμά: cadena perpetua». Bien, que levante la mano quien haya oído alguna vez «condena a perpetuidad». Luego, en la entrada del sustantivo, tras su significado, está la expresión: «ισόβια κάθειρξη: cadena perpetua». ¿Y ahora qué hacemos?

También recientemente, me comentaba en Twitter un amigo filoheleno que en este diccionario los adverbios «ανακούρκουδα» y «οκλαδόν» tienen la misma traducción: «sentarse a lo indio» (aunque en la segunda añade entre paréntesis que se trata de una forma de sentarse con las piernas cruzadas). Tuve que buscar las dos palabras en el diccionario de Babiniotis y en Google Imágenes y preguntarle a un griego para llegar a la conslusión de que, efectivamente, sus significados no tienen nada que ver: sentarse «ανακούρκουδα» es ponerse en cuclillas y «οκλαδόν» es con las piernas cruzadas, a lo indio como lo llama él. Desde aquel día mi ejemplar del diccionario tiene una palabra escrita a boli al lado de un tachón, con la poca gracia que me hace pintar en los libros.

Por otra parte, el autor del diccionario tampoco se salva; como he dicho, cada vez menos. Después de la anterior entrada que escribí sobre él creía que me había desahogado, pero nada más oírlo de nuevo en la siguiente clase me di cuenta de que no. Por eso, en lugar de volver a desahogarme inmediatamente después, decidí esperar un poco para no inundar el blog con entradas dedicadas a él, de modo que en este momento tengo acumulados ya varios encuentros.

En la clase siguiente a aquella de la que ya hablé, después de haber liado a los pobres griegos en lo referente a cuestiones ortotipográficas tan importantes como las comillas, fue el turno de la división silábica, primero del español (aquí no hubo problema) y luego del griego. Todo vino a cuento del texto que estábamos viendo: era un soneto de Lope de Vega que les había mandado traducir al griego. Primero explicó que se trataba de un soneto, un tipo de composición muy utilizado en la época de Lope, que estaba compuesto por dos cuartetos y dos tercetos y que dichas estrofas se caracterizaban por su rima y por ser de arte mayor. «Si estos dos cuartetos tuvieran rima ABAB en vez de ABBA se llamarían cuartetas, eh, no, serventesios, y si además fueran de arte menor se llamarían redondillas, eh, no, cuartetas, perdón; redondillas serían si tuvieran la rima que tienen pero fueran de arte menor». Creo que me enteré mejor que cuando me lo explicaron en el instituto, y obviamente los griegos se quedaron con una idea muy clara de los tipos de estrofas de cuatro versos. O también es posible que nadie se enterase de nada y hubiera quedado claro que se prepara las clases memorizando lo que va a decir.

Después, de explicar la cuestión de la métrica, las sílabas y las sinalefas, les hizo leer el poema silabeando para que vieran el ritmo. No lo consiguieron del todo bien porque dividían las sílabas en griego y no en español; entonces empezó a explicar que las sílabas en español no eran como en griego, que «pueden empezar por cualquier grupo de dos consonantes». Cogió el rotulador permanente, vaciló un par de segundos ante la pizarra y escribió las consonantes «ρθ». Lo vi en sus ojos: no había acabado de escribir la segunda cuando se dio cuenta de la tontería que acababa de hacer, pero como es listo, para que no se notase, enseguida escribió una omega por detrás y un apóstrofo por delante y lo convirtió en «'ρθω», añadiendo el «θα» de futuro al principio. «¿Veis?, esto en griego es correcto, pero en español no». Quizá se le olvidó el pequeño detalle de que, precisamente, el «'ρθω» solo en griego no funciona, y justo por eso tiene lugar la contracción, porque lleva el «θα» delante, cuya alfa es el apoyo vocálico.

A continuación, no recuerdo exactamente por qué (puede que alguien le preguntara), la tomó con la división de los dígrafos «ντ» y «μπ», que a veces se pronuncian como dos consonantes y a veces como una. «A ver, ¿cómo se divide "σύνταγμα"?». Algunos contestaron que «συν-ταγμα», porque es una preposición. «Claro, es como en español: "desorden" se puede dividir como "des-or-den" o como "de-sor-den"». En aquel momento me vi obligada a intervenir: «Babiniotis dice que en griego los grupos "μπ" y "ντ" van siempre juntos». Y va y me suelta: «Ya, pero dice eso ¿con qué criterio?». No me levanté y le di con la puerta en las narices de milagro. Me lo quedé mirando con los ojos como platos, pero no se dio cuenta porque enseguida se volvió hacia los alumnos para continuar exponiendo sus argumentos: «¿Y por qué "συμπάθεια" tiene que divirirse como "συ-μπάθεια"? ¿Porque hay palabras que empiezan por "ντ"? Pero es que también las hay que empiezan por "τ"». Ante este argumento tan aplastante decidí intervenir de nuevo: «Pero no las hay que terminen en "μ"». Una vez más, igual que en la otra ocasión en que se quedó sin saber qué replicar, cambió de tema. La marca Olalla.

En la siguiente clase empezamos a ver y comentar las traducciones que habían hecho los griegos de un texto de su elección. La primera era de un poema del escritor chileno César Vallejo. Recuerdo que fue en aquella clase cuando al embajador se le escapó un «μπροστά από εκείνη» leído como «brostá apó ekine». Sinceramente, si después de diez o veinte años, o los que lleve viviendo en Grecia, aún no ha asimilado que esa letra ya no se pronuncia como en griego antiguo, yo le pierdo el respeto. No voy a entrar en cómo pronuncia en general el griego, sin palatalizar la «χ», la «γ» ni la «λ» y con entonación española, que con los años que lleva aquí debería haberse dado cuenta de que así es como se habla, porque, bueno, prácticamente todos los españoles hablan griego en español (igual que casi todos los griegos hablan español en griego); pero mi humilde opinión es que aquello es imperdonable. Y no fue la única vez en que se lo oí: en una clase posterior volvió a pronunciar una «η» como «e», y solo se corrigió cuando se dio cuenta de que los griegos no lo habían entendido.

Por último, en otra clase estuvimos viendo el principio del Quijote, que les había mandado traducir. Así, a pelo, a un grupo de griegos que no saben bien ni el español actual, como si fuera un texto cualquiera con dificultades normales. Prácticamente todo el tiempo de la clase lo ocupó en explicar lo que significaban las palabras solo del primer párrafo, que ya eran bastantes. Yo también tenía abierta la página de la RAE y consultaba definiciones todo el rato. En una de estas, comentó que rocín es «un caballo de mala raza» justo cuando yo estaba mirando la definición. Entonces confirmé mis sospechas, que fundé en la clase de los tipos de estrofas, acerca de cómo se prepara las clases: para esta se había aprendido de memoria las definiciones del DRAE. Muy profesional todo, dónde va a parar.

No quisiera terminar mi retahíla sin mencionar algo acerca de sus otras facetas. No dudo que es un buen escritor, pero tanto para escribir como para traducir son imprescindibles herramientas como el diccionario combinatorio REDES de Ignacio Bosque y un diccionario de uso, como el de María Moliner o en su defecto cualquier otro. Y en su casa vi pocos diccionarios: el de Baboniotis (total, para el caso que le hace...) el suyo (griego-español) y el de Oxford griego-inglés, que también es azul. Ni un DRAE ni nada. Además, la primera de las dos veces en que hasta ahora he ido a su casa a ver mi traducción, cuando le surgió una duda acerca de una expresión, se fue a buscarla a Google, animándome a mí a hacerlo cuando traduzco (como si fuera nueva en esto y no supiera algo tan elemental como que hay que buscar las expresiones), en lugar de ir a un corpus de verdad como el CREA de la RAE, o siquiera al Panhispánico si es una consulta simple.

Y hablando de la revisión de las traducciones, para no dejar el asunto pendiente para otra entrada: dejando de lado el hecho de que me menosprecia y me hace más correcciones y observaciones que al otro español, porque una sabe que tampoco es perfecta, en más de una ocasión me ha dicho algo que me ha dejado perpleja. Por ejemplo, a veces me dice que equis palabra no significa (nunca, entiendo, no solo en ese contexto determinado) lo que yo he puesto. Bueno, y entonces ¿por qué aparece ese significado en su diccionario? Luego nos pregunta al otro español y a mí si lo tenemos y lo usamos. O la última, que me dejó muerta: «No, no pongas "si se llega a suicidar", mejor "si llega a suicidarse", porque el 'se' es de 'suicidarse', no de 'llegarse'». No sé si esto se debe a que es asturiano y como las hablas del norte de España prescinden de los verbos pronominales ('quedamos' en vez de 'nos quedamos') se lía o simplemente es que no tiene ni idea. En cualquier caso, esta corrección, objetivamente, no tiene pies ni cabeza.

Como conclusión dejo las pruebas de una observación que he hecho últimamente: se le conoce como traductor, entre otras muchas profesiones, y por eso es nuestro tutor-supervisor, pero solo ha traducido, conjuntamente, una publicación sobre El Greco editada por el Museo de Arte Cicládico y la obra de Nicos Casandsakis Lirio y serpiente (ed. Acantilado, 2013), y esta última en realidad no cuenta porque la fama de traductor ya la tenía de antes.




Curiosamente también he observado que, cada vez que habla sobre el estilo personal de un escritor y el papel del traductor al respecto, siempre pone de ejemplo la forma de escribir de Casandsakis. A ver si va a ser el único que ha leído...

sábado, 10 de enero de 2015

Βορέας

Las vacaciones de Navidad las pasamos en Patras, la primera semana, y en Nueva Trebisonda, el pueblo, la segunda. La semana de Patras no hicimos gran cosa, solo dimos un par de vueltas por la ciudad para ver la decoración navideña y un día fuimos al museo de la ciudad. Pasamos el día de Nochebuena (que en Grecia no existe) y el de Navidad allí, y el día 30 salimos hacia el pueblo. Como teníamos que ir hasta Yánena, que es donde empieza la autovía más grande de Grecia, aprovechamos para parar allí un par de horas y ver la ciudad. Hacía muchísimo frío (nos preguntábamos si nos nevaría), pero Yánena me pareció muy bonita. Está a la orilla de un gran lago que añade humedad al frío y tiene unas murallas bizantinas que rodean el núcleo originario de la ciudad, el cual tiene un característico aire turco y está coronado por la mezquita de Aslan Aga.

Después de comer (dentro del coche, por el frío) los bocadillos que llevábamos preparados volvimos a ponernos en marcha hacia el pueblo por la autovía Egnatía. A mitad de camino empezó a nevar levemente, y en poco tiempo arreció notablemente. Era la primera vez que yo veía nevar en mi vida y la segunda vez que veía la nieve en general, pues una vez había ido al monte en Madrid y había cuajado un poco en el suelo la noche anterior.

El precioso espectáculo, sin embargo, significó un retraso considerable, pues nos vimos obligados a reducir la velocidad hasta los cuarenta o cincuenta kilómetros por hora. A causa de ello llegamos al pueblo tardísimo por la noche, aunque no importó porque nos estaban esperando todos para cenar con la chimenea encendida y todo, así que nos calentamos enseguida.

Al día siguiente fuimos a Caterini a hacer la compra para llenar la nevera (o no, tampoco iba a estropearse la comida) y recoger a Cristina, la alumna de traducción de griego de la UMA a la que invitamos a pasar la (media) Navidad con nosotros, que venía desde Salónica donde está de Erasmus hasta febrero. La pobre podría resumir su estancia en la capital del Ponto con la palabra «familia»: todos los días venían a la casa cuñados, hermanos, primos, sobrinos, abuelos y demás familiares a los que había que saludar y decirles el mismo rollo: soy la novia de Γιώργος, estoy estudiando en Atenas, estudié Traducción e Interpretación en Málaga, que es donde aprendí griego; yo estoy de Erasmus en Salónica, estoy estudiando también Traducción e Interpretación en Málaga, vivo cerca del centro, sí, me gusta mucho Salónica. Aparte del contacto con los parientes, también fuimos un día (poco rato, porque hacía mucho frío) a dar una vuelta por el pueblo para verlo todo nevado, antes de que se empezara a derretir la nieve. Y hablamos de todo, y hasta tradujimos. Y, lo más importante, la tía de Γιώργος nos cocinó sus magníficos platos.


Palmeras con nieve.

Un episodio destacable de esta semana fue la Nochevieja: durante la cena se nos ocurrió a Cristina, Γιώργος y a mí hacer lo de las uvas con la familia griega, lo cual había comentado ya con Γιώργος, pero más en broma que en serio. Como no teníamos uvas (en Grecia, como no se toman en Nochevieja, no las venden, puesto que no es exactamente su época) tuvimos que recurrir al fruto más pequeño que habbía disponible: mandarinas. Nos lanzamos los tres (y una prima) a pelar mandarinas y contar doce gajos para cada uno, y a las doce menos cinco puse en el ordenador la tele española en directo. Luego me enteré, por los trending topics de Twitter, de que había vuelto Ramón García a TVE y lamenté habérmelo perdido. Cuando llegó el momento, todos sabían lo que tenían que hacer y con qué sonidos empezar a comerse los gajos, pero empezaron a reírse unos y a atragantarse otros y nadie se los terminó. Como en España. Yo, por mi parte, sí me terminé los doce gajos. Por primera vez en mi vida, pues en España con las uvas no lo consigo.



El último día de la estancia de Cristina con nosotros nos fuimos los tres a Salónica, porque queríamos ir a dar una vuelta y así la dejábamos en su casa. Yo había avisado a Giulia, la italiana que conocí en Chipre en 2011, que está trabajando en Salónica, para vernos. Al final hasta nos acogió en su casa aquella noche, a pesar de que madrugaba al día siguiente. Cuando volvimos al pueblo nos quedamos un día más (así pude despedirme de la chimenea, mi gran aliada) y regresamos a Atenas al día siguiente desde Caterini, en autobús.

Al fondo, el Olimpo.

Un barco, típico adorno navideño de Grecia.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Ἀφαία

Últimamente parece que no hemos hecho otra cosa que viajar. Aunque sí que hemos hecho más cosas, lo cierto es que en dos meses hemos ido a Patras dos veces, a Mesolongui, a Egina y a Sunio. En Patas subimos a la parte alta de la ciudad, donde se encuentra el castillo medieval (data del siglo νι d. C.), construido sobre las ruinas de la antigua acrópolis.

Vista desde lo alto de las escaleras. Al fondo se distinguen las montañas que rodean Mesolongui.


Desde Patras, un día fuimos de excursión a Mesolongui, uno de los puntos clave en la Guerra de Independencia griega y la ciudad donde murió el filoheleno lord Byron. En el centro se encuentra el Jardín de los Héroes, un monumento dedicado a todos los que lucharon y resistieron durante la Guerra de Independencia y los varios sitios que sufrió la ciudad.


Dionisios Solomós, poeta nacional de Grecia, junto a un fragmento de su obra Los libres asediados,
que dedicó al sitio de Mesolongui.

Otro día, aprovechando que habían venido unos amigos de Yorgos, los llevamos a Egina, la isla de los pistachos, y fuimos a ver el templo de Afaya (diosa griega cuyo nombre significa 'sin luz', hija de Leto y hermanastra de Apolo y Ártemis, venerada únicamente en este santuario). Cuando llegamos en el autobús desde la ciudad, pues está ligeramente apartado, vimos que la entrada costaba cuatro euros, así que nos fuimos por detrás y lo rodeamos entero, por entre la vegetación (cardos, pinos y matorrales y arbustos variados), y lo vimos igual de bien.




A la vuelta pasamos por el monasterio de San Nectario (Άγιος Νεκτάριος), donde me compré una chapa con la imagen del santo para que me quedase la mochila divina de la muerte con la chapa de un santo ortodoxo junto a otra que dice «Heavy metal never dies» y otras dos de Tim Burton.




Regresando a la capital de la isla nos topamos también con las ruinas abandonadas de una iglesia medieval que tenía hasta una cripta subterránea, aunque estaba cerrada. Junto a ella decidimos ponernos a almorzar, bajo el sol del Egeo. Reanudamos la marcha y nos dirigimos a la principal atracción arqueológica de dentro de la ciudad, que por lo visto era una única columna en medio de piedras dispersas por el suelo. Pero aun aquello tenía sus vallas, su entrada y su billete a mil euros por persona para entrar a disfrutarlo. Nosotros hicimos lo mismo que con el templo de Afaya y vimos la columna la mar de bien.

Tréboles a la orilla del Egeo.
Por último (por ahora), hemos ido al cabo Sunio, visita obligada para todo turista que se quede el suficiente tiempo en Atenas. Se trata del punto más meridional de la región del Ática, y es famoso por sus atardeceres y por su templo de Poseidón, erigido en el siglo ν a. C..

Según la mitología, Egeo, el padre de Teseo, se tiró al mar desde aquí
cuando un malentendido le hizo creer que el barco de su hijo regresaba de Creta sin él.



Flores coloridas junto al templo de Poseidón.

Pero quizá la mayor sorpresa nos la encontramos al volver a Atenas a pie (hicimos en autobús solo la primera mirad del camino), en una avenida donde se supone que vive gente más bien acomodada (en otra palabra, los pijos de Atenas): ¡la Generación del 98! ¿Qué dirían Unamuno y Baroja?


En Atenas no se libran de los grafitis ni los barrios pijos
(¡aunque son grafitis adaptados a su nivel!).

martes, 25 de noviembre de 2014

Ασκληπιός

Justo después de volver de Patras, donde el frío es muy húmedo, y como además tenía las defensas bajas debido a ciertos asuntos femeninos, me resfrié un poco. Nada importante, no llegué a tener fiebre y congestión nasal solo tuve un día. Lo peor era el mal cuerpo y el dolor de cabeza.

El sábado por la tarde, volvíamos del mercadillo cuando me entró un dolor de cabeza tremendo. Muy, muy fuerte. Nada más llegar a casa me tomé un analgésico, Depon, que son 500 mg de paracetamol; me chocó cuando lo compré, puesto que en España son de 650 mg, o hasta de un gramo. Me tiré en la cama mientras Γιώργος cocinaba y después de comer, como el Depon no había hecho nada, me tomé otro; pensé que era como si estuviera en España y me tomase un Gelocatil de un gramo. Pero pasaban las horas y el dolor no disminuía. Nunca había tenido un dolor de cabeza tan fuerte; era tan intenso que empecé a llorar. Γιώργος me vio sufriendo tanto que fue a buscar una farmacia de guardia (eran ya más de las ocho, que es cuando cierran, al menos los sábados), pero no encontró ninguna y los papeles de las farmacias que están cerradas no ayudan nada porque no están actualizados. Tras más de una hora dando vueltas por Atenas, volvió justo cuando también regresaban de hacer turismo los amigos que estábamos acogiendo en casa, y le dijeron que habían visto una farmacia abierta en el centro, así que volvió a salir y al cabo de un rato me trajo unas pastillas llamadas Panadol. Me tomé una y el efecto fue casi instantáneo: desde entonces no me ha vuelto a doler la cabeza. Es curioso, porque tienen la misma cantidad de paracetamol que las Depon, es decir, 500 miligramos; la única diferencia es que además de paracetamol contienen 65 mg de cafeína. En cualquier caso, habrá que tenerlo en cuenta: ante un dolor de cabeza, nunca comprar Depon.

Ενυώ

En esta entrada voy a relatar la gran ταλαιπωρία en que ha consistido la apertura de una cuenta bancaria en un banco griego para una extranjera como yo, para que quede constancia de ello y otros extranjeros estén sobreaviso.

En primer lugar, cuando llegué en agosto quise ir a hacerme con un número de móvil griego y también con una cuenta bancaria griega, porque sabía que iba a hacerme falta para cobrar cada mes la beca y también porque tenía que sacar los seiscientos y pico euros que costaba el curso de griego en el Διδασκαλείο (ver entrada «Μελπομένη»). Pero cuando preguntamos al simpático empleado de la banca griega, nos dijo que necesitaba un documento de Hacienda (traducido oficialmente al griego, naturalmente) que indicase dónde, cómo y bajo quién cotizo, o si no cotizo. Como no íbamos a molestar a mis padres con eso, decidimos dejarlo hasta ver qué me decían en la Fundación y, efectivamente, me dijeron que nos darían a todos un documento para que fuéramos con él al banco y nos abrieran la cuenta fácilmente, sin los líos burocráticos (y traductológicos, incluso) que necesitaríamos sin ese documento.

Lo único era que para ese papel tendríamos que esperar un poco, por lo cual el primer pago (el correspondiente a septiembre; yo pensaba que septiembre no contaría puesto que las clases tanto en un sitio como en otro empezaban en octubre, pero también es verdad que nos habían dicho que llegásemos como muy tarde a Atenas el 10 de septiembre, para entregar papeles y hacer matrículas) nos lo harían con un cheque. Cuando estuvo listo nos avisaron y tuvimos que ir a buscarlo a la sede de la otra fundación, la que lleva el dinero: la Fundación Urani, sita en plena plaza Síndagma. De ahí fuimos a la sede central del Banco Nacional (Εθνική Τράπεζα), en la calle de Eolo, cerca de la plaza Omonia. Primero pasamos por la planta baja, aunque parecía un sótano, donde un señor nos hizo algo en los cheques y tuvimos que firmarlos. Luego subimos arriba, donde preguntamos por la señora por la que nos habían dicho que preguntáramos. La buscamos por todo el banco, que es bastante grande, de un sitio nos mandaban a otro y yo me acordaba cada vez más de Larra.

Cuando por fin alguien se dignó a atendernos (la susodicha señora resultó al final no estar aquel día en el trabajo), era una empleada que no tenía ni idea de cómo enfrentarse a aquella tarea y cada paso tenía que preguntarlo a sus compañeros de las mesas de alrededor. Cuando le di el DNI se quedó mirándolo y al cabo de un rato me preguntó si era una tarjeta sanitaria; ante mi respuesta negativa, me preguntó que cómo había podido entrar con aquello en Grecia (?). Luego, al copiar los datos, me preguntó si el número del DNI era el número que aparece abajo a la izquierda o el que sale entre el nombre y la fecha de caducidad (el código de la entidad expedidora). Cuando por fin se aclaró («Id a la caja a cobrar y traedme luego este papel, no, este otro, no, espera, el verde, no el azul, no, no me traigáis nada, no, a ver, me traéis todo y yo ya lo miro») fuimos a la caja a cobrar el dinero, más de mil euros en billetes de cincuenta, volvimos a su mesa, le dejamos una de las copias y nos fuimos, no fuera a retenernos y pedirnos más papeles.

Unos días después, nos dijeron en la Fundación que, como había cambiado la legislación, teníamos que ir a inscribirnos en Hacienda para indicar que vivimos y pagamos los impuestos (aunque no coticemos ni tengamos trabajo) aquí. Y para ello nos hacía falta el pasaporte (siempre nos decía «DNI, pasaporte o lo que tengáis», pero esta vez solo pasaporte), el permiso de residencia (para los que no fueran ciudadanos de la UE, como la chica serbia) y el contrato de alquiler del piso o bien un documento que certificase que alguien nos estaba acogiendo en su casa. Este segundo caso es el mío, pero no exactamente, pues la casa no es de Γιώργος sino de una tía suya, de modo que él no puede hacerme tal documento y tampoco queríamos molestar a su tía, después de que me hubiera hecho el favor de dejarme vivir en su casa. Así que solo quedaba la solución de ir a Patras, donde viven sus padres, y sacarme el ΑΦΜ allí.

Les pedí a mis padres que me enviaran el pasaporte por correo certificado; el sobre salió de España el 23 de octubre, según el registro del sitio web de correos. Mientras llegaba, los otros compañeros me dijeron que ellos lo habían hecho con el DNI, que no hacía falta que usara el pasaporte. Al menos sería más fácil y no me preguntarían si era una tarjeta sanitaria. Pero el sobre no llegaba y no podíamos ir a Patras, así que, mientras a los demás les ingresaron el dinero de octubre en sus cuentas bancarias recién abiertas, a mí me volvieron a dar un cheque para que fuera a cobrarlo perdiendo media mañana como la vez anterior. En esta ocasión, por lo menos, ya sabía adónde ir y no tuve que recorrerme todo el banco. Me atendió un señor que, cuando le di el cheque y el DNI, se puso a llamar por teléfono para preguntar si me podía dar el dinero. Como si hubiera ido a cobrar sin poder recibirlo. «Ha venido una chica a cobrar un cheque... Y me ha dado una tarjeta... No es un DNI, ¿no?», me preguntó. ¿Y estos griegos que se piensan que los españoles vamos a los bancos a cobrar cheques con el carné de la biblioteca? Al final lo convencieron desde el otro lado del teléfono de que podía darme el dinero y me mandó a la caja, donde la amable señora decía que sin datos no podía darme el dinero y me envió al director, que me preguntó mi dirección y mi móvil y me volvió a mandar a la caja. Otro dineral en efectivo.

Como el sobre no llegaba, el día 14 de noviembre (casi un mes después de que lo enviasen) decidimos ir a Patras y pasar el fin de semana, hasta el lunes, pues no había clases porque era el aniversario de los sucesos de la Politécnica. En la delegación de Hacienda de Patras, adonde fuimos Γιώργος, su padre y yo, únicamente tuve que rellenar un documento con mis datos personales y poner como dirección la de los padres de Γιώργος en Patras; no le pidieron a su padre que firmase nada. Lo único es que a buena señora tuvo que imprimir el mismo documento tres veces porque la primera vez me puso SULIA (como si mis jotas mayúsculas llevaran a equívoco y como si no tuviera también mi DNI, con letras impresas, para comprobarlo, que lo miró) y la segunda vez me puso un ocho al final del número del DNI, como si mis bes mayúsculas parecieran números y como si de nuevo no hubiera podido mirarlo en el DNI.

Cuando el lunes por la noche volvimos de Patras, vimos en el portal el aviso de Correos para que fuera a buscar el sobre con mi pasaporte. Tiene gracia.

Por fin, esta mañana (25 de noviembre [!]), después de diversas vicisitudes que referiré en sucesivas entradas, hemos ido al banco a abrir la dichosa cuenta. Como el ΑΦΜ lo había sacado en Patras, he tenido que dar la dirección de los padres de Γιώργος  y hacer como que vivía allí, y como el certificado de la Fundación dice que estudio en la Academia de Atenas, hemos liado a la pobre chica diciéndole que a veces veníamos a Atenas. Al final resulta que podía haber abierto la cuenta en Patras, pero como en la Fundación nos habían dicho que fuésemos a la sucursal central de la calle de Eolo tanto para cobrar el cheque el primer mes como para abrirnos la cuenta, no se me había ocurrido desobedecer tal orden directa. También nos habían dicho que debíamos buscar en la sucursal a una señora concreta para que nos lo hiciera todo, pero al final la cuenta me la ha abierto otra chica. Y para la tarjeta tendré que volver a Patras, porque me ha dicho que, como se envía por correo a la dirección indicada por el cliente, es mejor ir a pedirla allí para que no se pierda por el camino; Atenas-Patras es toda una Odisea.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Κοίος

Además de las tres clases que tenemos en la Fundación y las de griego del Διδασκαλείο, los miembros de la Sociedad de Escritores nos invitan a sus reuniones (por correo electrónico; se ve que los de la Fundación les han dado nuestras direcciones), en las que una o dos veces cada mes charlan sobre un libro que han leído previamente.

El libro de la reunión de la semana pasada fue el que se ha traducido al español como El sentido de un final, en inglés The Sense of an Ending, de Julian Barnes. Evidentemente, lo leímos en griego porque no todos los miembros y asistentes a las reuniones de la Sociedad hablan inglés. Aquí la editorial Μεταίχμιο lo tituló Ένα κάποιο τέλος, y la traducción corrió a cargo de Θωμάς Σκάσσης, el también escritor de cuya novela Το ρολόι της σκιάς [El reloj de la sombra] traducimos fragmentos el verano pasado en el taller de traducción que organizó Vicente en Rodas.

Es un libro muy interesante cuya lectura recomiendo, ya sea en inglés, en griego o en español, y que a todos los asistentes a la reunión nos gustó (a unos más que a otros, pero en general todos los comentarios fueron positivos). Nos acompañó el propio Scassis, el traductor, que comentó algunos aspectos de la traducción en general y anécdotas de la traducción de esta novela en particular. Por ejemplo, nos reveló que tradujo el libro en veintidós días (!) porque a la editorial le entró muchísima prisa cuando se enteró de que el autor iba a recibir el premio Booker, y tanto la traducción como la revisión se realizaron en muy poco tiempo. Aun así, quizá porque, como dijo el mismo Skassis, en inglés está escrito con una lengua bastante fácil, la traducción está bastante bien hecha; a mí me pareció más fácil de leer que otros libros griegos, por ejemplo los dos primeros que tuvimos que leer para las clases de los jueves, y el resto de asistentes también comentó que no se notaba especialmente que fuera una traducción, como algunas otras veces sucede. 

Además de los miembros/asistentes asiduos, también había varias personas que iban por primera vez, como nosotros, o que no habían leído el libro porque habían visto, según dijeron, «el cartel» dos días antes y aun sin leerlo quisieron pasarse para ver cómo era. Se ve que se anuncian por la ciudad con carteles, como los mítines políticos. Le he dicho a Γιώργος que se venga a la próxima reunión, hacia final de mes, en la que hablaremos sobre un ensayo, por lo visto a petición de algunos miembros.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Αθηνά

En la Fundación nos piden cada mes una traducción (algo corto, no una novela entera: un relato, un capítulo de un libro o algo así), creemos que es para justificar que hacemos algo, porque como no tenemos «deberes» ni exámenes en las clases, parece que no hacemos nada.

Cada uno tiene un tutor de su misma nacionalidad con el que revisa la traducción cada mes para enviarla a la Fundación. El tutor de los españoles, Juan y yo, es Pedro Olalla, al que conocimos el día de la primera clase de la Fundación, cuando vino todo el mundo (profesores, tutores, Valtinós, Kikí Dimulá, antiguos alumnos...), y nos dio su teléfono y su dirección de correo electrónico. Nos dijo que estaba dando unas clases sobre traducción en el Instituto Cervantes y que iba a preguntar si podíamos ir nosotros como oyentes, para ver desde nuestro punto de vista cómo son unas clases de traducción (español-griego, sobre todo, pero también griego-español) explicadas a griegos. Luego podríamos quedarnos los tres y ver nuestras traducciones. Las iré subiendo, junto con otras que haré por gusto, en «Traducciones».

Hemos ido ya a tres clases; en la primera vieron una traducción al griego que les había mandado la semana anterior (nosotros fuimos en la tercera clase) sobre un cuadro de El Greco, bastante complicada, pues el texto original tenía una redacción en cierto modo enrevesada y además contenía varios términos específicos del ámbito de la pintura. Una de las griegas dijo que le había preguntado a una amiga suuya pintora para poder traducirlo. En la segunda parte de la clase nos (les) explicó los criterios de transliteración del griego antiguo al latín, que los latinos basaron en la pronunciación del griego antiguo; por eso, como sabemos, representaban la 'β' como 'b', la 'η' como 'e' (larga), la 'θ' como 'th' y la 'φ' como 'ph'. Cuando mencionó cuál era en griego antiguo la pronunciación de la 'β' y la de la 'η', los griegos pusieron una cara de absoluta sorpresa. Al final de la clase nos dio el texto de la semana siguiente: un texto en griego, para traducir al español, sobre el templo de Zeus Olímpico de Atenas. Dijo que la redacción en griego estaba regular, que intentásemos arreeglarla en la traducción. También nos dio un esquema de un templo dórico con todas las partes señaladas en griego para que las buscásemos en español.

En la segunda clase vimos las partes del templo (yo las había encontrado todas, entre su diccionario, Google, Wikipedia y, sobre todo, unos apuntes de Anto), lo cual nos ocupó toda la primera mitad, y durante la segunda nos explicó los sistemas de transliteración: el internacional/inglés y el de Bádenas (lo he puesto en la lista de enlaces, aquí a la izquierda). Decía que la transcripción de Bádenas no le gustaba nada porque creía que se contradecía, y él las cosas que se contradicen pues no las usa. Por ejemplo, decía que Bádenas propone usar una jota para transcribir la 'χ', una ce para la 'θ' o una y griega para la 'γ' (con 'ε', 'ι') y que entonces así la palabra queda con una forma muy extraña que impide que un griego o incluso casi cualquier persona pueda reconocerla. ¿Quién va a reconocer «Aciná» o «Mijalis»? También comentó que para la 'ζ' Bádenas propone una ese, y entonces ahí se está eliminando la pareja 'σ' - 'ζ', que en griego sí existe y distingue palabras. Pero cuando se le preguntaba qué había que hacer entonces, empezaba con largas y rodeos «Bueno, pues habrá que buscar otra cosa», «habrá que pensar algo»; y cuando explicaba la transcripción internacional/inglesa decía: «Bueno, aquí esto se transcribe así, que tampoco es exactamente como se pronuncia, pero bueno...». Es decir, se contradecía a sí mismo todo el rato, y los pobres griegos estaban confundidísimos y no sacaron nada en claro. Dijo además, respecto de la transcripción internacional/inglesa, que «¿veis?, aquí la 'θ' se transcribe como 'th', pero no es porque sea del inglés, porque vimos la semana pasada que los latinos lo hicieron así también». Me parece un argumento genial, pero si en inglés la 'th' no se pronunciara así, la 'θ' se transcribiría de otro modo, y si la lengua internacional no fuera el inglés, tampoco.

Y ahora digo yo: la función de la transcripción ¿no es posibilitar la lectura de la palabra a la persona que no sabe griego? Porque si supiera griego, se podría dejar escrita en ese alfabeto sin ningún problema. Pero, ya que te la paso a tu alfabeto para que sepas leerla, debería transmitir la pronunciación en la lengua original, pues si te la transcribo de cualquier manera tampoco vas a saber leerla y no habrá servido de nada; de lo mismo serviría dejártela en griego. Así, tenemos a primeros ministros que se llaman «Antonis Samáras», capitanes de barcos petroleros llamados «Arjiropóulos» (Argyropoulos) y otras aberraciones sacrílegas. Además, respecto a sus argumentos sobre que la transcripción de la 'ζ' con una ese anula la pareja 'σ' - 'ζ' y que las formas con eses, ces, jotas e íes griegas son excesivamente lejanas del original: ¿qué hacemos con la transcripción al griego de palabras escritas en alfabeto latino? En griego no hay sonido fricativo prepalatal sordo (representado en inglés con 'sh', en francés con 'ch' y en alemán con 'sch') ni letra para representarlo, por lo que transcriben 'Michigan' como 'Μίσιγκαν', es decir, eliminando la pareja 's' - 'sh'. Por otra parte, topónimos como Μπέρμιγχαμ, Κέμπριτζ ο Ντίσελντορφ son bastante irreconocibles también, ¿no? ¿Qué hacemos con eso? «Pues en este caso no podemos hacer otra cosa, hay que dejarlo así porque, en última instancia, es como se pronuncian esas palabras», seguro que respondería. Otra contradicción.

En la tercera clase vimos la traducción al español del texto sobre el templo de Zeus Olímpico y también deberíamos haber visto la que nos había dado para esa clase, pero no dio tiempo. Esta era de nuevo al griego, y al darnos el texto original, nos dijo: «Este texto no es como el del Olimpieion, este está bastante bien escrito en español y no tendréis que arreglarlo». Cuando lo vimos, resultó que estaba firmado y todo: «Pedro Olalla. Embajador del Helenismo». Modestia ante todo. Así es él. El texto, sobre el nuevo Museo de la Acrópolis, está subido en su página web. En esta tercera clase, una chica, que cada vez me cae mejor, le preguntó sobre las comillas, porque había encontrado un libro para traductores, de la Unión Europea, que mantenía que en español las comillas que deben emplearse son las latinas. Él le contestó que no debía hacer caso a eso, que no pasa nada por usar las comillas inglesas porque son las internacionales (coronando su respuesta con un «mira, en este texto, por ejemplo, se han usado las inglesas». Se refería al que nos acababa de dar, escrito por él). Así, con un par. Es como lo de la transcripción: son las internacionales porque son las inglesas. Y en español se usan muchísimo porque están en el teclado, mientras que las latinas (o españolas) no lo están. Lo que yo hago es cambiar al teclado griego, que sí las tiene. El caso es que se puso a decirle que podía usar las inglesas sin ningún problema, o también las latinas, o que incluso podía marcar la palabra (le había preguntado por cella, la sala central de los templos clásicos, un latinismo) con cursiva. Así, como si la cursiva y las comillas pudieran usarse indistintamente. La pobre chica se quedó tal vez más liada de lo que estaba y yo rematé la intervención de él diciéndole: «De todas formas, la RAE recomienda usar las latinas». Se quedó mirándome con una media sonrisa durante un par de segundos; esa fue su respuesta.

En cualquier caso, acabo de mirar su libro Historia menor de Grecia (Ed. Acantilado, 2012) y he visto tres cosas: no usa ni una sola vez las comillas inglesas, sino las latinas en todo momento; no sabe que las rayas deben usarse con un espacio, exactamente igual que los paréntesis; y en la página 303 menciona a un tal Panayotis. Así, con 'y' griega. Según su criterio contradictorio (pero suyo) debería haber puesto por lo menos «Panagiwtis» Así un griego que lea el libro podrá reconocerlo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Κλειώ

Las clases de la fundación son tres: Teoría de la Traducción, Historia de la Literatura Neogriega y otra más en la que comentamos un libro con su escritor y el profesor.

En Teoría de la Traducción vemos de todo un poco: hablamos sobre técnicas de traducción, nos pasa libros y artículos sobre traducción y traductología, discutimos sobre qué hacer con los elementos culturales (historia, comida, vestimenta, etc.), proponemos soluciones sobre diversos problemas en nuestras lenguas y se las explicamos en griego para que las entienda... Son clases muy amenas. En la última vimos los problemas que habíamos encontrado en la traducción a nuestras lenguas de un relato de Yorgos Scabardonis, que tiene elementos coloquiales pero también enumera los nombres de un montón de peces autóctonos de un solo lago griego y varios de pesca. Yo encontré los equivalentes entre el diccionario azul de Olalla, Wikipedia (ambos recursos incluyen los nombres científicos) y una base de datos de la naturaleza griega.

En Historia de la Literatura Neogriega hemos empezado por Andreas Kalvos y Dionisios Solomós (siglo XIX), y hemos comentado también el importante papel de las δημοτικά τραγούδια. Generalmente comparamos los movimientos literarios con los de nuestros países y con las tendencias del resto de Europa.

En la otra clase, que no tiene nombre, el profesor invita al escritor del libro que nos ha mandado leer y con ellos dos comentamos aspectos que nos han gustado o nos han parecido curiosos o simplemente dignos de mención. En teoría deberíamos hablar todos los alumnos (además de los que vamos a las clases de griego, hay una eslovaca y una estadounidense que hacen el programa este desde el año pasado), decir por lo menos qué nos ha parecido el libro, pero en la práctica el profesor se enrolla muchísimo y casi no deja ni al escritor que diga unas palabras. Hemos dado dos clases con él, y en la última la polaca y yo no dijimos nada porque ni dio tiempo ni se nos dio la palabra; al escritor, pobre, lo interrumpía todo el rato porque siempre quería decir algo.

Los dos libros que hemos leído hasta ahora son dos recopilaciones de relatos, de 150 páginas y que no presentan grandes dificultades de lectura aparte de algunas palabras desconocidas. En «Βιβλία που διαβάσαμε» escribiré algo sobre cada libro para que al final quede una especie de archivo.

Estas tres clases son de tres horas y las tenemos cada dos semanas: la del profesor hablador es cada dos jueves y las otras dos son en viernes alternos (al principio la de Literatura era cada dos miércoles, la semana en que no había Traducción, pero la profesora lo cambió a los viernes porque le venía mal con su horario de clases en otro sitio).

Μελπομένη

A principios de septiembre fui al Διδασκαλείο Ελληνικής Γλώσσας a matricularme en las clases de griego. Fui justo después de pasarme por el banco y pagar el curso: 670 euros; era lo que me había dicho Antonio, el que hizo el mismo programa hace dos años y que las clases de griego las tenía todos los días, tres horas cada mañana. Y como de la fundación no me habían dado otras (ningunas) instrucciones, seguí las de Antonio.

En la secretaría me dijeron que hiciera el examen de nivel el día 26 de septiembre, para ver si mi nivel era C1 o C2. Yo estaba segura de que era C1, pero tampoco me costaba ir a hacer el examen. Este consistía en ciento cuarenta preguntas de tipo test, con cuatro opciones; cada pregunta era una frase con un hueco en el que había que elegir la correcta forma conjugada del verbo, el caso correcto del sustantivo o del adjetivo, y cosas así. Me hizo mucha gracia cuando llegué a una que decía «Ο Γιώργος με κουράζει πάντα, όταν μιλάει συνέχεια» («Γιώργος me cansa cuando habla todo el rato»). En general lo hice bastante bien: las contesté todas y solo tuve dudas en tres o cuatro. La otra parte del examen era escribir una redacción describiendo nuestro físico, nuestra personalidad y nuestros gustos, para enviarlo a una página web para conocer gente. Ya ves tú.

Después, cuando fui a la fundación, la secretaria me explicó que «quizá sería mejor» o «tal vez bastaría» que me matriculase en las clases que son dos veces por semana, en lugar de todos los días, porque este año tendríamos más trabajo que los compañeros de otras promociones. Así que tuve que ir a preguntar al Διδασκαλείο si era posible cambiar el programa de clases en que me había matriculado. Afortunadamente, sí lo era, y me dieron un número de teléfono para llamar y que me devolvieran la diferencia del importe del curso, que vale 330 euros. La semana pasada llamé, el 5 de noviembre, y me dijeron que aún no estaba disponible mi dinero, que llame en una semana. En fin.

Las primeras clases de griego eran muy aburridas, tanto para mí como para los otros chicos que estamos en el programa de la fundación (Juan, el de Rodas, una serbia, una polaca, un italiano y yo). La profesora (a la que yo llamo Chochorú, que es como se pronunciaría su apellido en español) nos dijo a las dos semanas que igual convendría dividir la clase en dos grupos, es decir, en un nivel C1 y en un C2. Qué bien, ahora resulta que me aburría porque el nivel que tengo es un C2. No sé yo...

El caso es que desde que estamos separados nos cunde más (aunque nosotros nos seguimos aburriendo; por lo visto pasa todos los años: somos traductores, sabemos griego, solo necesitamos mejorar el nivel) y ya no hay gente que haga preguntas absurdas (absurdas para el nivel que es). Cada semana o cada dos nos manda escribir una redacción; las dos que he escrito hasta ahora las he colocado en «Οι εκθέσεις μου» con imágenes y todo.


viernes, 7 de noviembre de 2014

Ουρανία

Hace un par de semanas asistimos a una conferencia de una científica española cuyo último libro (y no solo) había sido traducido al griego: Sonia Fernández-Vidal. El título de la conferencia era «Ciencia: ¿realidad o fantasía?» y la ponente habló en español. A la entrada ofrecían auriculares con una petaca como los que usábamos en clase de interpretación en la UMA: había interpretación simultánea al griego.

Fue la primera vez que asistía a una conferencia con interpretación simultánea, que se oía por los auriculares de los demás porque los tenían a un volumen muy alto o el intérprete hablaba muy fuerte. Se oía, por ejemplo, que a veces se bloqueaba y decía: «Ehhh...», y que cuando la ponente hacía una pausa el intérprete continuaba hablando hasta que ella retomaba el discurso; no le daba tiempo a descansar. En una ocasión la responsable del Instituto Cervantes (uno de los patrocinadores del acto), que hablaba español, le tuvo que decir que no hablase tan rápido, que al intérprete no le daba tiempo.

En cualquier caso, no dudé de la profesionalidad del intérprete. Más bien temía por él cada vez que la española decía alguna palabreja científica, algún término, pues la conferencia versaba sobre física cuántica. De acuerdo, era una explicación en tono divulgativo a personas totalmente legas en la materia, relacionada con el hecho de que el libro que presentaba tenía también este tema y era para niños, pero aún así había un montón de términos. Y también, en varias ocasiones, ejemplificó una situación haciendo una comparación con canicas. Si hubiera sido yo la intérprete, a saber cómo se dice canica...

Creo que la próxima vez que vaya a una conferencia cogeré los auriculares, aunque no necesite la interpretación, para ver cómo lo hace el intérprete, más que nada por curiosidad; como cuando veo El Hormiguero, que estoy pendiente del invitado y de la intérprete. Me maravilla esa chica.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Εστία

La convivencia con Γιώργος y, en general, vivir en Grecia, es genial. La casa es bastante grande: tiene dos habitaciones, salón y comedor, una cocina y un baño decentes, un recibidor y hasta una habitación-pasillo (?); sirve solo para unir el recibidor con el salón (también se puede ir desde el recibidor al comedor pasando por la cocina) y para que esté la Biblia.

Hemos acordado que no pagaré alquiler por vivir aquí, pero a cambio seré yo la que pague todas las facturas. Me parece justo, porque con esta melena que tengo soy yo quien gasta más agua en la ducha, y por lo tanto más luz (para calentar el agua y para iluminar el baño mientras estoy dentro). También quedamos desde el principio en que Γιώργος cocinaría y yo fregaría los platos. Qué le voy a hacer, cocinar es la única tarea de la casa que no me gusta nada hacer; todas las demás no me importa.

Eso sí, desde que estoy aquí no sé lo que pasa o si el lavavajillas griego es más resbaladizo que el español, pero he roto ya un plato, tres vasos, un cuenco y un tarro de cristal. Con qué miedo le friego su taza del desayuno, la que le regaló su mejor amigo y lleva el logo de un grupo musical que les gusta a los dos...

En cuanto a la vida de estudiante, ambos la hacemos en el comedor. La mesa es muy grande, de seis plazas, y además está la mesa del ordenador grande que usa él. Yo me apaño con una esquinita de la mesa donde pongo mi insignificante notebook de 10 pulgadas e, inevitablemente, mis quinientos diccionarios. Son tanto de Γιώργος como míos (yo me traje el Corominas y el azul de Pedro Olalla, griego-español; el REDES no, porque sabía que aquí me esperaba uno; y en octubre me compré el complementario del azul de Olalla: el amarillo español-griego). Cuando no los tenemos esparcidos por toda la mesa del comedor, los colocamos sobre la estantería de los diccionarios, donde quedan supervisados por Cavafis, personaje imprescindible en la vida de los pupilos vicentianos.

Griego monolingüe (Μπαμπινιώτης), inglés monolingüe (Webster), griego monolingüe (των βασικών εννοιών),
español-griego, español combinatorio, español etimológico, griego-español, portugués-inglés-portugués,portugués-griego-portugués, ruso-griego-ruso, francés-griego-grancés, español monolingüe, catalán-inglés-catalán.


Ευτέρπη

En agosto fui con Γιώργος de vacaciones a Piería, que es donde está su pueblo (Nueva Trebisonda) y, al sur de este, la ciudad donde se crió hasta los doce años (Katerini):



Desde el pueblo fuimos al yacimiento arqueológico (más museo) de Díon, al sur de Katerini, que es la Olimpia del norte. Fue uno de los centros religiosos más importantes de la zona y albergaba un gran santuario dedicado a Zeus Olímpico, de ahí su nombre: en griego moderno Zeus se llama Δίας, que recuerda a la raíz del genitivo en griego antiguo: Διος (en nominativo era Ζευς). En Díon fue donde Alejandro Magno reunió a sus ejércitos antes de dirigirse hacia el oeste y empezar sus conquistas.

La familia de Γιώργος sobre el puente que ahora salva las dos orillas del templo.

Baños.

Otro día nos llegamos a Salónica, donde dimos una vuelta hasta la hora de comer y luego volvimos al pueblo. La ciudad estaba un poco muerta porque era sábado por la mañana, pero seguía igual de ερωτεύσιμη como yo la recordaba. Subimos a la Torre Blanca, vimos un graffiti (ya dije una vez que, por lo que he visto, el graffiti en Grecia es toda una institución, tanto el artístico como las frases de protesta; igual dedico una entrada a todas las fotos de graffitis que he reunido) muy chulo y descubrimos que en Salónica los trenes ¡suben y bajan escalones!




Una excursión que me gustó mucho también fue la de Metone (Μεθόνη): el tío de Γιώργος nos llevó a las excavaciones que se están realizando allí, pues por lo visto la región de Macedonia está prácticamente sin excavar; es ahora cuando se está empezando a descubrir el norte de Grecia. Como la excavación aún está en curso, vimos algunos secretos de estado como estatuas (gigantescas) y vasijas, muchas vasijas. Ese mismo día, además, fuimos a ver los restos de Pidna (Πύδνα), una pequeña ciudad junto al mar.



También nos encontramos a Simba, el nuevo rey de Pidna.

Por último, desde Katerini también fuimos al Olimpo, al mismísimo hogar de los dioses. La subida fue un poco dolorosa, porque surgió de improviso y yo no tenía calzado adecuado, así que me lo tuvieron que prestar, y ya se sabe que no es nada bueno ponerse calzado ajeno aunque sea de tu número (y este era además un número mayor) porque tiene la forma de otro pie. Pero en fin, en unas pocas horas llegamos al refugio, que estaba a media hora de la cumbre y donde repusimos fuerzas y descansamos para bajar al día siguiente. Durante la bajada nos cruzamos con bastante gente que subía, por ejemplo una pareja de española e ισπανομαθής que nos preguntaron si había ruinas en lo alto. Se te queda el cuerpo cortado después de escuchar tal aberración.


La subida.

Desde el refugio, a un rato de la cumbre.

Se me olvidaba: una tarde, paseando por Paralía, la playa de Katerini, nos topamos con el hotel de Leto, en griego el hotel-lito... que al final resultó que no era tan pequeño como parecía indicar el rótulo.

El Hotelito.


Luego, en septiembre, fuimos a Patras, donde vimos atardecer por detrás de la isla de Ítaca y visitamos el museo arqueológico, que nunca está muy concurrido porque se encuentra a las afueras de la ciudad pereo alberga muchísimas cosas interesantes.



El puerto de Patras

En Patras el sol se pone por detrás de Ítaca.

Por si no quedaba claro, aquí sí se nota que ahí está Ítaca.

Museo Arqueológico de Patras.

martes, 28 de octubre de 2014

Απόλλων

Reinauguro el blog con un par de meses de retraso para mantener a mis cientos de lectores informados sobre mis peripecias en el mundo griego, ahora en Atenas. Me he mudado aquí este año para hacer este programa que yo siempre llamo máster cuando me preguntan para no alargarme demasiado en detalles. Lo organizan dos fundaciones privadas (Urani y Petru Jari) junto con la academia de Atenas.

Llegué el cinco de agosto después de una escala en Madrid de veinte horas. Entre agosto y principios de septiembre casi solucioné todo el papeleo que tenía que hacer: me matriculé en el Διδασκαλείο Ελληνικής Γλώσσας para las clases de griego, llevé a traducir el pretítulo de la carrera, entregué en la Fundación Petru Jari los documentos que me habían pedido, me compré un número de móvil griego, fuimos a contratar internet para este año, me hice socia de la biblioteca de la fundación Efyenidu e intenté abrirme una cuenta bancaria. No pude hacer esto último porque me pedían un montón de papeles, no sé para qué los querrán.

En medio de esto, a finales de agosto fuimos de vacaciones a Piería y un fin de semana de septiembre, a Patras. Pero dedicaré una entrada aparte a esto.

Como Γιώργος no me deja pagarle un alquiler por la casa, para que no me sienta culpable hemos acordado que me dejará pagar las facturas, ya que voy a cobrar todos los meses 1200 €. De la casa hablaré también en otra entrada.